YO NACÍ CON AMOR ❤️ 

 

Soy María José Silva, soy doctora en medicina (para los que no me conocen). Durante mi formación aprendí a recibir los partos como si estos fueran una emergencia, de una manera muy impersonal, nada me unía a esas madres en labor, ni si quiera su dolor me conmovía, solo pensaba que era un proceso por el cual todas teníamos que pasar. Cuando di a luz a mi primer hijo viví en carne propia la violencia más atroz que jamas hubiera imaginando, y me sentí cómplice de la misma por tantas mujeres a las que atendí de la misma manera en que a mi me atendieron. En una habitación fría y con mucho miedo en el hospital. En donde nadie fue empático conmigo y con mi esposo, nadie nos dio una mano, nadie me dio aliento, nadie me dijo que lo estaba haciendo bien. Bajo las amenazas de las enfermeras, de que si no hacía lo que me pedían y mi hijo se moría, era mi culpa, en una sala de partos helada, por la calefacción que mantenía a las enfermeras a una temperatura perfecta para su gusto, importándoles poca cosa mi dolor y mi malestar, mientras tiritaba de frío y de miedo, bajo pujos dirigidos y maniobras de Kristeller, nació mi hijo, al que a penas me lo dejaron darle un beso y me lo arrebataron, por las santas alverjas, para devolvérmelo a las 24 horas. Me robaron el mejor día de la vida de mi hijo, me robaron ese momento sublime, me marcaron para toda la vida con un sin sabor, con mucha impotencia y con dolor, sufrimiento y tristeza. En este hospital hicieron todo lo que la OMS y las guías de práctica clínica del MSP (Ministerio de Salud Publica del Ecuador) dicen que no hay que hacer; rasurado genital, vía intravenosa, lavado intestinal, no darme de comer y de beber, maniobra de Kristeller, episiotomía, separación del bebé, administración de sucedáneos de la leche materna.

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Pero mi hija vino a cambiarme…

Ella nació en la clínica La Primavera, con amor, con respeto, con humildad, con palabras de aliento, sin amenazas, con paciencia, nadie la apresuró a nacer, nadie dirigió mis pujos. Se acercaban a abrazarme, a darme la mano, a hacerme masajes, a ayudarme a mover mi cadera, me pusieron compresas calientes y mitigaron el dolor y el miedo. Después de nacer, el dr. Diego me la puso en mi pecho, ella fue despertándose y pasando esa transición en mis brazos, con mis palabras de amor, en mi pecho, bajo mi protección. Luego lactó, mi marido (no es médico) cortó el cordón, salió la placenta, y el doctor me pidió permiso para tomarla en sus brazos. Se la ofrecí con mucho gusto. Y el con sumo respeto y humildad le dijo: “Luna, bienvenida al mundo. Soy Diego, estas son mis manos, te voy a tomar por unos segundos nada más, nadie te va a separar de tu mami”. Los bebés son seres humanos desde su concepción. Ellos sienten, ellos perciben su entorno, ellos conocen su base segura (el pecho de mamá). Me ayudaron a salir del jacuzzi y me la devolvieron y nadie, nunca más, nos volvió a separar. Mi esposo y yo nos sentimos acompañados y valorados. Mi vida cambió, yo (la nueva mamá) nací con amor y sin duda alguna, el mejor día de la vida de mi hija. Y desde entonces, mi forma de ver el embarazo y el parto cambió. Desde entonces, he buscado la forma de apoyar a las mamás para que puedan tener un parto consciente, empoderadas, seguras de ellas y de sus cuerpos. Para que nadie les arrebate el mejor día de sus vidas. Para que nadie las separe de sus hijos, para que puedan tener lactancias plenas.

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Mi último parto, el cuarto, (después de la experiencia del segundo y tercer partos tan poderosos, cómo no tener más partos, iba en busca de un parto orgásmico) fue en nuestra casa, en nuestro jacuzzi en un ambiente romántico donde el amor estaba en el aire.

Los doctores no tenemos el derecho a quitarles ese momento tan sublime, el encuentro contigo misma, con tu poder de mujer, porque todas estamos diseñadas para hacerlo y podemos hacerlo, solo necesitamos estar en un lugar en donde nos respeten, nos acojan con amor, en donde nos sintamos seguras. Un parto que viene de un embarazo sano (90% de los embarazos son sanos) no es una emergencia, es un paso más de la vida, el bebé sabe cuando nacer y nuestros cuerpos saben como nacer, no necesitamos que nadie empuje a nuestros bebés, que nadie los rote y que nadie los hale para sacarlos. Tampoco que jueguen con él y lo tomen en sus toscas manos como si fuera un juguete o un balón, que lo traten como un monigote, que se burlen de su vulnerabilidad, que pasen por alto su fragilidad, que no respeten su miedo, su trayectoria, su reto (es como si se burlaran de un enfermo terminal). El bebé siente y al nacer pasa por una transición de un útero, en el que estaba apretado, en agua y recibiendo todo a traves de la placenta, a una habitacion fría, seca en donde tiene que empezar a respirar para poder vivir. Y para empzar este nuevo reto no hay mejor lugar que estar en el pecho de mamá, envielto en sus brazos y arrullado por su dulce voz. No, los doctores no tienen el derecho a separarnos y permitir que nuestros hijos pasen este proceso llorando en unas cunas de paredes muertas. 

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“Para cambiar al mundo, hay que cambiar la forma de nacer”. (Michel Odent)

“Soy Luna y yo nací con amor respeto y con mucho cuidado”. (Luna Rodríguez 10años)

 

aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos … con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación.

Habacuc 3:17-18 

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