“Te imaginas si no tuviéramos hijos?”

Justo hoy le preguntaba a mi esposito si pudiera imaginar su vida si no tuviéramos hijos.

Estábamos sentados en la terraza de nuestra habitación mientras cada uno de mis hijos pasaba por mi cabeza en mis pensamientos.

Mi marido mecía al bebé en la hamaca mientras le cantaba su canción favorita “saco una manito” y mi Lucas lanzaba esas carcajadas dulces y tiernas de un bebé.

Mi Martín, el que sigue en edad, jugaba con sus juguetes haciendo ese ruido incesante con su boquita simulando que dispara, que arranca un auto o vuela un helicóptero (tiene una capacidad estupenda para hacer varios ruidos, sin parar y sin cansarse). De rato en rato hace preguntas para concordar la realidad con su ficción.

Mi Luna, la siguiente, no estaba en casa, se fue con la prima. Sin terminar el deber y tomando, por ella misma, la decisión de hablar con la profesora al día siguiente y decirle que el deber lo terminará en las largas vacaciones. (Tiene su lógica).

Y mi Rafa, el primero. El que más ha chupado nuestra inexperiencia como padres, el que tuvo que sentir y seguirá sintiendo nuestros miedos y dudas en cada nueva situación que el nos lleve a vivir. El que sintió y sentirá nuestras inseguridades. Con el que experimentaremos nuestro ser padres. Él jugaba en la compu.

Cada uno de ellos ocupa un lugar muy especial en mi cabeza y en mi corazón. Cada uno de ellos llena mi mente, mis pensamientos, mi amor, mi espacio. Por cada uno de ellos me esfuerzo por ser mejor, por cada uno de ellos levanto mis oraciones diarias pidiendo a Dios que los guarde, que los proteja y que me ayude a ser la mamá que ellos esperan y que Dios tenía planeado que yo sea.

Y me pregunto: qué sería de mi si no tuviera hijos? Tal vez estaría trabajando en un hospital. Tal vez no viviría aquí. Eso no lo se, pero lo que si se es que no habría aprendido a ser paciente (aunque aún me falta) no habría aprendido a no ser perfecta, a amar sin medida, a compartir (aun cuando yo me quede sin pedazo), a tolerar la bulla, a confiar en ellos y en Dios porque es difícil confiar en la sociedad.  A tirar y a aflojar mientras los educo, a pedir perdón por haber gritado o haber hecho algo injusto, a resaltar sus cualidades y respetar sus debilidades. A compartir la cama con todos, a dormir en el filito (MNA) y a disfrutar de cada despertada nocturna para dar de lactar. Por ellos aprendí a cocinar, a ser práctica, a dar mi vida por ellos, a investigar y a aprender lo que no hice en el colegio ni en la universidad. Ellos me han enseñado ese lado de la mujer: SER MAMÁ.

Me lleno contemplando sus caritas dormidas y cuando aprieto sus manitas y las observo; veo su vulnerabilidad, su fragilidad, su necesidad de ser protegidos y cuidados.


No me arrepiento de ser mamá a tiempo completo, de poder ser yo quien los reciba al llegar del colegio de meterles en la cama y contarles sus historias y enseñarles a orar. Amo ser mamá y disfruto del aprendizaje diario que ellos tienen para mi. No es fácil pero si es la profesión más gratificante, nadie más puede amarnos como nuestros hijos, nadie más ama incondicionalmente. Soy dichosa y le doy gracias a Dios por permitirme tener este crecimiento personal.

El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece;

no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor;

no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad.

Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

1Corintios 13:4-6 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s